TRIBU

TRIBUTO A LA CULTURA DE RAICILLA

Existe una planta de antiguos orígenes,
cuyos poderes abren la puerta
entre el cielo y el ser humano.

Desde la costa, hasta la sierra,
desde la norte, hasta el sur,
el maguey existe en distintas formas.

Tan significativa y con usos sinfín,
la dulce planta nos da su vida,
dejando toda su sabiduría en nuestras manos.

Un sabor sagrado del espíritu de la tierra…

Primero nos entrega su corazón,
en complicidad con la tierra y el fuego,
y bautiza su unión con el nombre de “mezcal”

Su amor fluye con el agua tímidamente,
tomándose el tiempo en conocerse,
abriendo poco a poco las chispas de su alma.

Aprenden a elevar el tepache
a una bebida espirituosa;
un proceso transcendental,
al que se le da el nombre de “vino mezcal”.

Entre viajes, tertulias y mezcales,
se comparte la historia,
la cual viaja hasta comunidades lejanas,
arriba de los cerros, y a la orilla del mar,
compartiendo el vino mezcal.

Por un tiempo todo estuvo bien
y siguieron produciendo su raicilla,
hasta que de pronto…

…El antagonista regresa.
Esta vez mucho más feroz,
declarando a la raicilla como PROHIBIDA.

Con el tiempo, se van uniendo,
hasta hacerse inseparables;
una transformación a la que se le otorga
el nombre de “tepache de maguey”.

Esta historia mantiene su curso por varios siglos,
hasta que por la costa se asoma un velero naval…

Es ahí cuando se fusionan las culturas,
y se comparten entre ellas conocimientos milenarios,
que valen más que el oro.

Como en todos los buenos cuentos,
aparece el antagonista,
quien impone un impuesto al vino mezcal
para así promover su cultura foránea.

Con el fin de preservar su historia,
la comunidad dice a los españoles:
“No hacemos vino mezcal del corazón del maguey,
hacemos vino que proviene de los hijuelos del maguey, de la raíz”

Y es así como nace el nombre “raicilla”,
con el fin de evadir los pagos abundantes.

A raíz de esto, los maestros deciden huir,
escondiéndose en los lugares más remotos,
de la costa y de la sierra,
para guardar los secretos entre familia y la comunidad;
conservando su sabor, su gusto histórico.

Hoy en día extendemos un homenaje e infinita gratitud
a los guardianes de esta sabiduría ancestral.
Ellos hicieron posible preservar esta bebida Atávica,
qué con cada sorbo, nos abre una vez más,
el portal entre el cielo y el ser humano.

Tan significativa y con usos sinfín,
la dulce planta nos da su vida,
dejando toda su sabiduría en nuestras manos.

Un sabor sagrado del espíritu de la tierra…

Primero nos entrega su corazón,
en complicidad con la tierra y el fuego,
y bautiza su unión con el nombre de “mezcal”

Su amor fluye con el agua tímidamente,
tomándose el tiempo en conocerse,
abriendo poco a poco las chispas de su alma.

Con el tiempo, se van uniendo,
hasta hacerse inseparables;
una transformación a la que se le otorga
el nombre de “tepache de maguey”.

Esta historia mantiene su curso por varios siglos,
hasta que por la costa se asoma un velero naval…

Es ahí cuando se fusionan las culturas,
y se comparten entre ellas conocimientos milenarios,
que valen más que el oro.

Aprenden a elevar el tepache
a una bebida espirituosa;
un proceso transcendental,
al que se le da el nombre de “vino mezcal”.

Entre viajes, tertulias y mezcales,
se comparte la historia,
la cual viaja hasta comunidades lejanas,
arriba de los cerros, y a la orilla del mar,
compartiendo el vino mezcal.

Como en todos los buenos cuentos,
aparece el antagonista,
quien impone un impuesto al vino mezcal
para así promover su cultura foránea.

Con el fin de preservar su historia,
la comunidad dice a los españoles:
“No hacemos vino mezcal del corazón del maguey,
hacemos vino que proviene de los hijuelos del maguey, de la raíz”

Y es así como nace el nombre “raicilla”,
con el fin de evadir los pagos abundantes.

Por un tiempo todo estuvo bien
y siguieron produciendo su raicilla,
hasta que de pronto…

…El antagonista regresa.
Esta vez mucho más feroz,
declarando a la raicilla como PROHIBIDA.

A raíz de esto, los maestros deciden huir,
escondiéndose en los lugares más remotos,
de la costa y de la sierra,
para guardar los secretos entre familia y la comunidad;
conservando su sabor, su gusto histórico.

Hoy en día extendemos un homenaje e infinita gratitud
a los guardianes de esta sabiduría ancestral.
Ellos hicieron posible preservar esta bebida Atávica,
qué con cada sorbo, nos abre una vez más,
el portal entre el cielo y el ser humano.